sábado , 15 agosto 2026

El Banco de Alimentos de Imbabura toca puertas para vencer la indiferencia y alimentar a miles

La iniciativa cumple dos años en esta provincia, el objetivo principal es evitar el desperdicio de alimentos. También promueve actividades de autogestión como la primera carrera Ruta contra el hambre.

Liderar proyectos sociales ha sido parte del ADN de Diana Salas desde siempre.

Aunque, cuando le propusieron ponerse al frente del Banco de Alimentos de Imbabura (BADI), sintió que era como lanzarse sin paracaídas a un abismo.

Confiesa que no tenía experiencia en esa área. Salas, ingeniera comercial de profesión, trabajaba en marketing. Junto a un socio, montaron una agencia en la que ofrecían servicios de esa especialidad y estrategias de comunicación.

La propuesta de liderar el Banco de Alimentos en esta provincia la recibió de un conocido de su etapa universitaria.

Por eso, no dudó en asumir el reto, aunque necesitaba aprender sobre los procesos de esta iniciativa de ayuda alimentaria.

Antes, Salas había probado suerte: renunció a su trabajo tras recibir una oferta para impulsar planes sociales en un ministerio, pero las cosas no resultaron como esperaba.

¿Cómo surgió la iniciativa social?

En Imbabura se implementó con personería jurídica, y este 12 de julio cumple dos años atendiendo a la Sierra Norte. . Actualmente, el servicio se ha extendido a la vecina provincia del Carchi.

El nuevo banco surgió gracias a una propuesta de la Corporación La Favorita, propietaria de una cadena de supermercados y uno de los principales donantes de alimentos.

Según la directora ejecutiva del BADI, los productos retirados de las perchas aún conservan propiedades nutritivas y pueden ser aprovechados.

Se trata de un mecanismo similar al que emplea el banco de la capital de la República.

Operan en una infraestructura arrendada

Las operaciones de este centro, que lucha contra el desperdicio de alimentos, comenzaron en una pequeña casa en la parroquia San Antonio de Ibarra.

En su momento, acudieron a instituciones públicas en busca de un espacio en comodato, convencidos de que esta acción social es una misión del Estado, aunque están dispuestos a contribuir mediante este servicio. Sin embargo, no se concretó ningún acuerdo.

Con recursos propios, arrendaron un inmueble donde operaron durante cerca de un año y medio.

Desde diciembre pasado, se trasladaron a una planta que arriendan en el Parque Industrial de Ibarra.

La estructura y organización implican costos que logran asumir mediante la autogestión.

Las manos del voluntariado

El motor de este Banco de Alimentos son los voluntarios.

Existen varias formas de vincularse: estudiantes universitarios, profesionales altruistas que aportan sus conocimientos en sus respectivas áreas y personas que colaboran en la parte operativa.

Salas recuerda que, en la primera socialización del proyecto, asistieron 60 personas interesadas en sumarse a este servicio.

Sin embargo, en las primeras actividades solo se unieron dos personas: Diana Cifuentes, madre de Salas, y Sandra Potosí, una amiga.

Su primer reto fue clasificar dos toneladas de pitahaya, recibidas como parte de un plan piloto debido a la sobreproducción de esta fruta.

No fue sencillo: debieron contratar transporte para trasladar el primer donativo desde Quito.

Durante todo un fin de semana clasificaron los frutos, los limpiaron, empacaron y distribuyeron a casas hogar, comedores comunitarios y niños en situación de orfandad.

Esa experiencia les permitió conocer a los primeros usuarios del programa, a quienes consideran clientes, y por ello se esmeran en brindar el mejor servicio posible.

Entregan donativos a organizaciones

El Banco de Alimentos de Imbabura no cuenta con una amplia logística para entregar alimentos directamente a cada familia. Durante este tiempo, han establecido la entrega de donativos a organizaciones sociales que atienden a personas en situación de vulnerabilidad.

Existe una gestora social que con el apoyo de estudiantes universitarios supervisan los aportes que entregarán.

Además, trabajan en coordinación con las juntas parroquiales para facilitar la logística de traslado de esta ayuda; sin embargo, son los propios habitantes quienes se organizan para retirar semanalmente las gavetas con la variedad de alimentos.

El BADI atiende actualmente a 6.000 personas cada mes.

“Lo que nos distingue es el modelo de gestión empresarial, esto no es algo temporal, sino como una empresa social”. Diana Salas

La jornada de labores

Por lo pronto, el BADI funciona de lunes a viernes, con excepción del jueves.

Ese día aún no cuentan con la cantidad suficiente de alimentos que justifique los gastos operativos.

Cada jornada comienza a las 08:00, cuando un equipo de transporte se moviliza para recibir productos de supermercados de Ibarra y Otavalo, especialmente verduras y frutas. Esto representa el 90% del total de donativos.

Los voluntarios inician su labor una hora más tarde, realizando tareas de limpieza en el área operativa.

En su mayoría son mujeres, quienes portan mandil, mascarilla y red para el cabello, y han sido capacitadas en buenas prácticas de manufactura.

Se trata de personas en situación de pobreza o que no han logrado encontrar empleo.

Ellas asisten una vez por semana, colaboran en la clasificación, limpieza y colocación de productos. A cambio, reciben una gaveta de alimentos, que puede cubrir las necesidades básicas de una familia de cuatro miembros durante aproximadamente una semana.

Se trata de una ayuda mutua, de extender la mano con solidaridad.

15 marcas donan alimentos

Entre los primeros donantes estuvieron la Corporación La Favorita y el grupo KFC.

El BADI tuvo una evolución y un crecimiento acelerado; a los cuatro meses comenzaron a trabajar con el sector agrícola.

Para ello, fue necesario identificar las fortalezas de la zona, como la diversidad del sector de producción de alimentos en el campo.

En cuanto a las debilidades, se encontraron con que no existe una zona industrial ni grandes plantas procesadoras de alimentos como en otras ciudades.

Este banco cuenta con 15 marcas como donantes, en su mayoría fincas productoras ubicadas en Ibarra y Cotacachi.

Estas entregan alimentos que, por cuestiones de presentación o exigencias del mercado, no pueden ser comercializados.

En ocasiones, con la ayuda de voluntarios, se trasladan a las fincas para participar en la cosecha.

Una carrera contra el hambre

En estos dos años se han abierto algunas puertas, pero otras ni siquiera han permitido acceso a una entrevista.

Esto ocurre especialmente con supermercados locales, que también generan excedentes de productos que no se utilizan, pero con los cuales no se ha logrado establecer contacto.

Mientras se han dado a conocer, trabajan paralelamente en la diversificación de ingresos mediante autogestión.

No cuentan con donantes de alimentos no perecibles, como arroz, azúcar, fideos o lentejas.

Por ello, está en marcha la carrera Ruta contra el Hambre, que se llevará a cabo el 16 de agosto en la pista grande de la laguna de Yahuarcocha.

Con el asesoramiento técnico de Edwin Puente, embajador deportivo designado, se definieron las distancias de 5 y 10 kilómetros. El costo de inscripción es de 10 y 15 dólares, respectivamente.

Se ha promocionado el propósito social de esta carrera en grupos de atletas, lo que la distingue de otras competencias.

Han cuidado cada detalle: con el valor de inscripción, cada corredor recibirá la camiseta oficial, el chip de cronometraje, una medalla y productos de los auspiciantes.

También se premiará a los primeros lugares de cada categoría, ya que se busca contar con atletas de élite.

El objetivo es captar 500 corredores. Los fondos recaudados se destinarán a la adquisición de alimentos no perecibles.

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