
Álvaro Varela
Máster en Marketing y Consultoría Política y asesor en Gestión Pública.
Los alarmantes hechos de violencia e inseguridad no pueden ser considerados como una realidad en la que cada uno de nosotros, no tengamos que cumplir alguna tarea. El hecho de que cada día todos los delitos en contra de la integridad y la vida estén más cerca de nuestras casas, son indicadores concretos a partir de los cuales reflexionemos que la violencia e inseguridad aniquilan la paz y la tranquilidad de todos.
Distinguir el alcance y significado de estos fenómenos sociales es el primer paso para saber con exactitud por qué, nos convertirnos en la sociedad más violenta e insegura del planeta.
La inseguridad evidentemente se expresa en los robos, secuestros asesinatos… Pero, la violencia es un fenómeno que maquilladamente ha permeado toda la sociedad, al punto de convertirse en algo normal en la vida diaria.
Quiero invitarles a reflexionar en los hechos; del por qué la violencia normalizada destruye la convivencia y desata esta inseguridad en la que vivimos.
Todos los días somos testigos que de los insultos, las gresiones verbales acompañadas de físicas, los adjetivos y calificativos despectivos utilizados para referirnos a A o B persona, la ira, la mofa pública en cualquier programa radial, la indiferencia, el abuso de poder; se han convertido en una práctica aplicada desde el gerente de una relevante institución financiera, de parte de los hijos contra sus padres, pasando por los políticos, hasta llegar y detenerse en nosotros los ciudadanos.
El patrón de todo este contexto es la procacidad en el uso del lenguaje que lo hace un conductor o usuario de transprte público, alguien que camina en calle, un padre de familia/esposo o profesor en un patio de una institución educativa… o en cualquier reunión social y formal.
“Compartimos” espacios (calles, parques, salones de reuniones de clase de nuestros hijos…) comunalmente fragmentados, políticamente divididos y sentimos desconfianza de lo que juntos pudieramos hacer por superar los problemas comunes..
Nos hemos aislado y eso ha provocado que seamos indiferentes de nuestra propia realidad. Nos obligamos a vivir nuestros propios problemas y tratamos de hacernos cargo de ellos, así seamos conscientes de no poder pagarnos todo el tiempo, un guardia de seguridad que nos protega veinticuatro horas al día.
Normalizados estos comportamientos y llegamos al punto de autoconvencernos que valores como la empatía, la cooperación, la solidaridad, la honestidad, la decencia pública… no sirven porque en ningún momento sentimos su incidencia en nuestras vidas.
Con lo cual, hoy sin querer ser conscientes de aquello, vivimos la ley de la selva; donde la misión es sobrevivir, motivados por el salvece quién pueda.
Es esa crencia y esa forma de pensar la que ha roto y destruido nuestra convivencia y día a día hace que apenas uno de cada 10 ecuatorianos confíe en su vecino.
¿Pueden imaginar, la desastroza situación social en la que nos encontramos?
¿Sin confianza puede existir convivencia?
¿Y sin convivencia podemos sentirnos seguros de compartir nuestro vecindario?
Es esta realidad la que ha sido aceptada por todos como normal y por la que ni siquiera nos inmutamos. Es esto lo que nos impide construir comunidad. Pero, mientras eso pasa, no queremos percatarnos que ese es el caldo de cultivo perfecto para que representantes de grupos delincuenciales siembren el terror y el miedo, que cada día nos carcome sin que hagamos algo para evitarlo.
En esas condiciones el dinero mal habido, el financiamiento ilícito de la política y los políticos, las pirámides financieras, la compra de fiscales y jueces, el tráfico de influencias, la coíma a cualquier funcionario público, la compra y venta de cargos en el sector público y la negociación económica de la impunidad, seguirán siendo los objetivos de los líderes de las bandas delincuenciales y políticas.
Así, los violentos están felices y tranquilos porque llegamos al punto en el que la impotencia, el hastío, la frustración individual y colectiva, la desesperanza y el miedo sirven para validar malas prácticas políticas relacionadas con el autoritarismo populista. Con ello los violentos nos impiden ser conscientes que formamos parte de un círculo en que evitamos la convivencia a cambio de una forma de vida violenta e insegura.
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